Aquí y Ahora Escuela de Integración Psico-Corporal Emocional y Espiritual

Rabia y Maternidad

El desorden, la demanda continua de atención, los pañales y la lactancia primero, las comidas y la ropa después, los berrinches, los deberes, la casa, las enfermedades, la falta de colaboración, de descanso, de tiempo, la rebeldía, la tablet y el móvil, "mamá cómprame", "anda, porfa déjame" ...

Vivimos muchos sinsabores relacionados con la maternidad.

Desde el primer día, cada nueva etapa en el crecimiento de nuestros hijos nos suele pillar desprevenidas y con pocos recursos para afrontar cambios y pruebas de paciencia.

Vivimos con rabia y enfado, situaciones cotidianas, que con frecuencia terminan en tensiones, malhumor, frustración.

Una queja recurrente es la de no poder controlar nuestros propios enfados ante las frustraciones. A veces nos sorprenden estallidos incontenibles de ira y rabia, que nos suelen dejar una sensación de impotencia y culpabilidad. “¿Qué me pasa?”.

En esta Escuela hemos observado de cerca estas situaciones y hemos encontrado un camino por el que ir hacia una vida familiar más sana. Esta visión es fruto del enfoque de Itziar Torrecilla y de su trabajo de laboratorio con familias de pacientes y alumnos.

Imagen idealizada de la maternidad y de nosotras mismas

En algún momento creímos que teníamos unos “derechos”, como el derecho a ser madre o no serlo. En algún momento de nuestras vidas cada una de nosotras pensó que ser madre era algo (sólo) maravilloso. Como solemos hacer con los sueños, deseos y fantasías, pensamos que ser madre sería como jugar a las casitas, algo que una elige hacer un rato, algo ameno, con un bebé que se queja y se calma cuando yo quiero.

En una sociedad tan hedonista como la nuestra el conflicto al ser madre está servido: “Porque tú lo vales”, “Date un capricho”, “Aprende sin esfuerzo”, “Descansa cómodamente”… Con hijos y trabajo para mantenerlos, queda poco espacio para ir a la piscina, a clases de yoga, pilates, zumba o caminar. Ya no digamos viajar como antes, hacer el vago de vez en cuando, ir al cine, salir a cenar, quedar con amigas, y todas esas cosas sin las que nos contamos que no podemos vivir.

Muchas mujeres vivimos este cambio como una renuncia obligada, que en el fondo no aceptamos de buena gana y se convierte en una frustración grande o pequeña que echamos en la mochila.

Solemos idealizar la maternidad y a nosotras mismas. Todos tenemos una parte rechazada de nuestra personalidad. Lo que no me gusta de mí, lo que los demás me dicen de mí y a mí no me gusta oír, lo que rechazo visceralmente en los demás…, es la sombra que forma parte de cada uno de nosotros, todos la tenemos.

En una sociedad new age como la nuestra, donde clasificamos las emociones en positivas y negativas, para quedarnos sólo con las primeras, el conflicto está asegurado, porque la sombra, llena de “cosas negativas”, nos acompaña y busca manifestarse.

Los hijos tienen la cualidad de mostrarnos un espejo limpio en el que ver la totalidad de lo que somos, luz y sombra. Y no sólo eso, además, los hijos manifiestan con su comportamiento y actitudes la sombra de sus padres. Para algunos expertos, el bebé recién nacido es una manifestación psíquica de su madre y se dice que la simbiosis emocional con la madre dura hasta los dos años. En esta Escuela hemos observado que este fenómeno ocurre hasta la edad adulta.

Invariablemente, nuestra reacción cuando un hijo nos muestra estos aspectos de nosotras, es el rechazo, enfado, frustración, culpa... (Por su parte, el niño siente rechazo hacia su persona, no hacia las cualidades que su madre rechaza y ve en él). Esto también lo echamos a la mochila cotidiana.

Presión cultural

Nuestra sociedad nos muestra los modelos de ser madre a seguir, a través de películas, novelas, publicidad (curiosamente todo contenidos de ficción), y de personajes famosos, que nos educan y nos enseñan a qué debemos aspirar, qué se considera bueno, qué da la felicidad, qué modelos de madre imitar.

De las nuevas corrientes pedagógicas aparece otro ideal de madre, mujer paciente, consciente, ecuánime, que educa sabiamente y no grita ni se enfada. (Aunque ella también tiene una sombra que sólo se puede manejar sabiamente conociéndola en profundidad, es decir, habitándola).

Para la mujer media a veces resulta tan estresante seguir el modelo comercial de “mujer sexy-profesional-ama de casa-madre”, como imitar a la mujer “calmada-zen”.

Seguir un modelo supone medirse regularmente con él, compararse. Y no parecernos al modelo que pretendemos seguir nos produce ansiedad.

Falsas expectativas y frustración

Lo que esperamos de la vida se basa entonces en imágenes idealizadas. En concreto, nuestras expectativas sobre la vida en pareja y la maternidad nos llevan de cabeza a la insatisfacción. “Es que yo esperaba otra cosa”, “Me hacía tanta ilusión”, “Yo no me esperaba esto”...

La realidad puede convertirse en una enemiga cuando no la aceptamos.

El deseo alimentado por nuestra cultura de que todo vaya bien y todo sea bonito, bueno y mejor, nos hace vivir como un fracaso lo contrario. Sin embargo, la vida tiene tantas sombras como luces, nosotras tenemos tanta sombra como luz.

Así, nos encontramos con expectativas insatisfechas y nos sentimos frustradas. Nuestra frustración con frecuencia se transforma en rabia o rencor, nos sentimos víctimas de la vida, de la pareja y de la maternidad… Y todo esto también lo echamos en la mochila.

Frustraciones más íntimas

Cuando rascamos en la insatisfacción con la propia vida, nos encontramos con aspectos más profundos de una misma, que no tienen que ver con la pareja, los hijos y el trabajo o no trabajo, tanto como con nosotras mismas, lo que hacemos o hemos hecho con nuestros anhelos personales, nuestros deseos más auténticos, nuestros impulsos creativos.

Cada una imaginó cómo sería, cómo sentiría cuando fuera mayor. Cada una guardó su anhelo de llegar a ser de tal modo, vivir de determinada profesión, desarrollar tal habilidad o talento, realizar aquel sueño más personal que material, superar aquella dificultad...

En este caso, no nos medimos con ningún modelo externo sino con una aspiración interna a ser y hacer lo que nuestra parte más auténtica y vital anhela. Es fácil no sentirse “realizada”, hace falta claridad, determinación, valentía, compromiso… No nos contamos todo esto, sino que nos sobran obligaciones y tareas, y la maternidad y la vida en familia son un impedimento. Y afloran sentimientos de renuncia, que se transforman en rencor y en la búsqueda de culpables, o en resignación carente de estímulo y de empuje.

¿Qué hacemos con la rabia?

Vamos por la vida con una mochila que carga bastante rabia. Como la rabia es una emoción “negativa”, intentamos contenerla, reprimirla. Sin embargo, hay otro fenómeno interesante con las emociones humanas y es que necesitan ser expresadas. Reprimir la expresión de lo que sentimos conlleva tensión, rigidez, sensación de falsedad y a veces enfermedad.

Cuando intentamos controlar la rabia negándola, esto no le resta fuerza ni necesidad de ser expresada, por lo que tarde o temprano, la rabia como cualquier otra emoción negada, aflora.

De repente, sucede algo, a veces grave, a veces intrascendente, que nos hace explotar en un ataque de ira o de rabia. “¡¿Qué me ha pasado? No he podido controlarme. He perdido los papeles!”.

La rabia,  patata caliente

En la práctica de terapia en Aquí y Ahora, observamos que las emociones son también energía que se intercambia. De hecho, en las relaciones humanas vivimos un continuo intercambio, de manera que en nuestro contacto con los demás nos “impregnamos” de sus emociones y les “dejamos” parte de las nuestras. Y así, después de un encuentro, uno se siente aligerado (quizá porque ha descargado parte de su tristeza, enfado, … en el otro) o cargado de emociones o sensaciones que antes no sentía.

Todos conocemos aquello de “pagar el pato con alguien”. Cuanta más ira reprimida, hecha de pequeños enfados no dichos, no sentidos, no expresados, más rencor y amargura arrastramos, buscando con qué o con quién descargarla.

Ésa es una manera de desprenderse de la rabia, “colocarla” o soltársela, expresándola inadecuadamente, al funcionario, la pareja, el conductor, el gobierno…, o  los hijos. ¿Qué madre no se ha dicho alguna vez “Me siento mal porque lo he pagado con los niños”? Entonces la rabia se convierte en una patata caliente y el que la coge la lanza a quien puede. No es de extrañar que el niño intente lanzarla también a su compañero de clase, a su hermano o de vuelta a su madre.

Otra forma frecuente de desprenderse de la rabia es “dejarla en el campo”, en el ambiente en la atmósfera que se respira. Esto sucede cuando la emoción se niega o se reprime.

Al negarla, la persona siente o se dice “esta rabia no es mía”. Pone la emoción fuera de sí misma.

En la práctica de la terapia en esta Escuela, observamos este mecanismo en personas aparentemente calmadas y pacientes, que no suelen elevar la voz y cuya autoimagen no les permite reconocer ni expresar lo que sienten de “negativo”. Con frecuencia son los hijos quienes recogen y manifiestan esa emoción negada y dejada en el campo como una vibración que encuentra eco en sus cuerpos.

¿Qué podemos hacer?

En la práctica hemos observado que es saludable sentir, reconocer las emociones, darles un cauce, expresarlas sanamente.

Así que un buen punto de partida es reconocer la rabia, admitirla. No se trata de “quedarse a vivir” en ella, sino sentirla para entenderla, “¿cuál es el verdadero origen de mi rabia?”, y darle un cauce.

“Conócete a ti misma”. El punto de partida para cambiar la realidad es conocerla. Aceptar la realidad, verla. Solo entonces podemos cambiarla.

Acepta quien eres, atrévete a conocer tu “sombra”. Qué me enfada, cómo y cuándo pierdo los nervios. Cómo funciono.

Admitir nuestras partes desagradables, políticamente incorrectas, impresentables… nos hará ser más tolerantes con los defectos de aquellos que son objeto de nuestra ira (“Es que mi marido…, es que mis hijos…”). Para ello es necesario querer conocer las verdaderas causas de nuestro comportamiento.

Estar al día en reconocer y expresar lo que se siente ayuda a evitar explosiones, en lugar de reprimir y acumular rencor que más tarde estallará de forma descontrolada. Se trata de darnos cuenta en el momento y permitirnos sentir lo que realmente sentimos, en este caso, lo que nos altera o nos enfada, sin quitarle la importancia que tenga para nosotras (sin darse tampoco al drama).  Es un paso importante, admitir lo que sentimos, aunque a veces nos avergüence o nos parezca ridículo, forma parte de conocerse.

Podemos aprender a expresar la rabia de una forma sana, que no sea dañina para nadie. “Mejor me callo”, quizá no es mejor.  En general expresar lo que nos enfada a la persona correspondiente, nos alivia, nos libera de la carga en que se convierte lo que nos guardamos. Curiosamente la expresión franca como vemos en terapia, nos descarga de una agresividad que parece ligada a la propia represión, al no decir.  A veces la rabia no se libera diciendo, sino gritando, golpeando o con alguna clase de acción física.  Cada uno de nosotros puede encontrar su forma personal de liberar o reconducir esta energía.

Es fácil quedarse en blanco buscando cómo encauzar la rabia y con frecuencia necesitamos la ayuda de alguien, para eso existe la psicoterapia. En ese caso es necesario estar dispuesta a pedir ayuda. Idealmente, podemos sanar la rabia transformándola en coraje para actuar en la dirección necesaria.

Los antídotos contra la rabia requieren alguna clase de esfuerzo por nuestra parte. Por ejemplo, renunciar a descargar la rabia ciegamente, “usando al otro como cubo de basura”, que viene a ser como no rascarse cuando nos pica. Hay que estar dispuesto a ver al otro y a frenar en seco: por ejemplo, en una confrontación plantéate la posibilidad de que no tienes razón, por un momento piensa que puedes estar completamente equivocada.

Está aquí: Inicio - ARTÍCULOS Y NOTICIAS - Rabia y Maternidad