Aquí y Ahora Escuela de Integración Psico-Corporal Emocional y Espiritual

Cuento de la muerte

Cuentos de mi proceso terapéutico

img c de la muerte

Afuera las calles estaban mojadas y el lento sonido de la lluvia cayendo nublaba los latidos del reloj. El tiempo me parecía una espesa niebla de dudas y miedos que observaba impasible como mi alma se acercaba al abismo, como mi mente se encharcaba por la tormenta, como mis gritos se ahogaban por los truenos.

Yo observaba el escenario con mirada de pájaro enjaulado, sin darme cuenta de que la puerta de la jaula estaba, como siempre había estado, abierta. Me aferraba a los barrotes gritando libertad mientras vientos fríos y húmedos arañaban mi cara.

Poco a poco me hundía en esa impotencia que yo misma había inventado, y los muros de mi mente se alzaban cada vez más altos ante mis ojos. Me faltaba el aire. La muerte vino a buscarme de blanco, confundiéndose entre los copos de nieve. Al llegar a mi lado me miró diciendo: "no puedo llevarte conmigo, porque estás atrapada en tu mente".

Abrí los ojos. No había ni nieve, ni frío, ni barrotes. Solo la cálida suavidad de las sábanas de mi cama. Había sido un sueño. Me levanté, bajé las escaleras de mi casa y fui a la cocina a beber agua. Mi madre y mi padre estaban sentados en la mesa. "¿Por qué estáis aquí?" les pregunté. Se giraron, y vi en sus ojos la sombra de mi sueño. Salí corriendo de casa. Estaba nevando. Corrí por las calles vacías llorándole al viento. De repente empezaron a salir fantasmas de las sombras. Fantasmas de personas que conocía, pero eran... distintas. Las llamaba pero no me oían. La muerte vino a buscarme de negro, confundiéndose entre las sombras. Al llegar a mi lado me miró diciéndome: "no puedo llevarte conmigo, porque estás atrapada en los demás".
Abrí los ojos y me encontré otra vez con la luz pálida del hospital. Solo se escuchaba el rítmico pitido que medía los latidos de mi corazón. Nada había cambiado, pero yo era diferente. Me levanté de la camilla y salí al balcón, estaba nevando. Mis lágrimas parecían congelarse nada más salir de mis ojos. No quería estar allí sola, en los últimos momentos de mi vida. De repente sentí una mano sobre la mía. Me giré y vi a mi compañera de habitación. No sabía ni cuál era su nombre, pero al mirarla en sus ojos vi a una persona, tan asustada como yo, sabiendo que en cuanto giráramos la cabeza íbamos a encontrar nuestro final. Y ahí estaba. La muerte vino a buscarnos desnuda, y su abrazo fue como darse la vuelta y ver que la jaula estaba abierta, como dejar de huir y pararse a respirar, como volver a nacer... o como morir.

Dibujo: Adela Rodríguez
Texto: Paula Rodriguez

 

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