Aquí y Ahora Escuela de Integración Psico-Corporal Emocional y Espiritual

Mi Cárcel

 Cuentos de mi proceso terapéutico

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Abrí los ojos y miré alrededor. Vi un bonito paisaje nevado. Bonito pero extraño, irreal. Miré mis manos. Eran más blancas que la nieve del suelo. Me miré a mí misma, a mi cuerpo. Era duro y frío, como el de una estatua, como el de un cadáver... Mi respiración se había parado, mi corazón había dejado de latir. No sentía nada.

Empecé a recordar la noche anterior. Recordé una gran fiesta, una tarta, un soplo que apagó las velas...
Ayer había sido 24 de diciembre, mi cumpleaños. Pero, ¿qué hacía hoy aquí? ¿Qué era ese sitio? A lo mejor estaba soñando... sí, eso era lo más probable. De repente hubo una sacudida y el cielo se dio la vuelta, luego empezó a nevar muchísimo. ¿Qué está pasando? Corrí y corrí por ese inhóspito lugar y... ¡PUM! Me choqué con una pared invisible. Esto tiene que ser un sueño... Pero al mirar a través de esa pared descubrí la brillante mirada de un niño, que con sus manitas estaba sujetando una bola de cristal... y yo estaba dentro de ella. El niño sonrió y volvió a sacudir su juguete, provocando la caída de mil copos de nieve artificiales. Me senté con las manos sobre los ojos, temblando, y de repente recordé con claridad el deseo que había pedido antes de soplar las velas: "Pido estar siempre a salvo de todo, fuera de cualquier peligro y cualquier enfermedad, pido que nunca me pase nada malo". Miré horrorizada a mi alrededor... había cumplido mi deseo, había transformado mis huesos en cristal, mi vida en una bola de cristal... y había quedado prisionera en su interior. Ya no me rompería nunca, por fin estaba a salvo, segura. Ahora podría ver como el tiempo pasaba a mi alrededor, como aquel niño crecía hasta convertirse en adulto como sus padres morían de ancianos o, quién sabe, tal vez por alguna enfermedad. Ahora podría ver el paso de las estaciones y permanecer inmutable, a salvo en mi bola de cristal.

Ya tenía lo que quería, pero el precio había sido mi vida y mi libertad. El niño volvió a sacudir la bola... Entendí que esto no era ningún sueño, si no la más pura realidad. Estaba muerta, encerrada en un mundo de muerte que yo misma había creado. De repente, deseé con todas mis fuerzas salir de allí. Cualquier dolor o peligro era mejor que esto... cualquier cosa era mejor que la muerte, que esta muerte en vida. Rompí a llorar al darme cuenta de cómo había perdido mi fe en Dios, al darme cuenta de cómo había intentado hacer esto mismo con mis hijos, protegerles de todos los peligros encerrándolos en una horrible bola de cristal. Mis hijos... Giré la cabeza y descubrí que el niño que sostenía la bola de cristal era él, mi hijo, que me estaba hablando...

-Mamá, ¿qué haces ahí metida? ¡Sal de ahí!

-No sé cómo salir- le respondí con lágrimas en los ojos.

-¡Mira en la casita!- Me dijo, sonriendo.

Giré la cabeza y descubrí que, a unos pocos pasos, detrás de unos árboles, había una pequeña casa. Sorprendida, me levanté, caminé hasta la puerta y la abrí. Descubrí una única habitación vacía. En el centro, había una gran mesa redonda... y sobre ella una gran tarta con una vela encendida. Con una sonrisa, me acerqué y dije: "Quiero vivir esta vida que me ha dado Dios, tal y como Él quiera, porque es el mejor regalo del mundo". Cerré los ojos y soplé...

Y al abrirlos me encontré en el salón de mi casa. Acababa de soplar las velas de la tarta de mi cumpleaños, estábamos a 24 de diciembre... Parpadeé desconcertada y miré a mi alrededor... vi a mi hijo, que me sonrió.

NUESTRA VIDA ESTÁ EN NUESTRAS MANOS, Y NO ESTAMOS AQUÍ EN VANO, TRABAJEMOS AL SERVICIO DE DIOS.

Dibujo: Adela Rodríguez
Texto: Paula Rodríguez