Aquí y Ahora Escuela de Integración Psico-Corporal Emocional y Espiritual

El Templo

Había una vez un hombre muy pobre que vivía de vender la leña que recogía en el bosque.  Un día encontró una rama grande que le pareció especialmente fuerte, recta y hermosa. Pensó que le darían un buen dinero en el pueblo si la pulía y la vendía, así que, en vez de seguir buscando leña, empezó a trabajarla y pasó buena parte de la mañana atareado con ella.

Al acabar contempló su obra y, al verla tan bella, un pensamiento entró en su mente: “Esta rama debería servir para construir un templo.”  Y supo que era cierto.  Pero inmediatamente lo desechó porque tenía hambre y frío y se dijo que cuando uno no tiene comida ni cobijo no se entretiene pensando en templos.  Esa vara había de servirle para solucionar sus problemas. 

Vara de poder

Con todo esto estaba ya muy entrada la mañana así que rápidamente se dirigió al pueblo. Era día de mercado y al llegar encontró un hueco cerca de uno de los cafés que frecuentaban los hombres más ricos de la zona. Sonrió, sintiéndose muy animado por su racha de suerte y feliz porque la rama parecía relucir de tan cuidadosamente como la había pulido. No había pasado mucho tiempo allí cuando se le acercó un hombre con suntuosos ropajes y le preguntó el precio.  El hombre pobre se dio cuenta de que no había pensado en ello, pero sin darse tiempo a recapacitar, se escuchó responder: “Tres monedas.”  El rico le miró sorprendido, se demoró un momento, y con calma respondió: “Está bien, me la quedo.”  Una gran sonrisa llenó la cara del hombre pobre, ¡todo estaba saliendo justo como había deseado!  Hoy podría comer bien, comprarse algún capricho incluso.  Mientras entregaba la rama al comprador, su mente se entretenía en imaginar todo lo que disfrutaría gracias a esas monedas.  El hombre rico, reposadamente, dejó la rama a un lado, abrió su bolsa y, tras rebuscar un momento, le observó con desdén y comentó: “Vaya, solo encuentro dos monedas.” Y mirándole a los ojos remarcó: “Será que éste es su precio.”

El hombre pobre se indignó.  Aunque no tenía palabras para explicar lo que sentía, y aunque bien sabía que nada debía ni podía decir a un hombre poderoso, tampoco quería aceptar la situación.  Todos los planes que había estado haciendo peleaban contra su orgullo, su hambre contra su dignidad, pero venció una soberbia que no sabía que tenía, y volviendo a coger su rama, repitió: “Son tres monedas.”  “Muy bien,” contestó el hombre rico, sin ocultar su asombro. Y con sonrisa despectiva le despidió diciendo: “Intenta venderla si puedes.  Aunque, si no lo consigues, vuelve a buscarme, pues voy a seguir aquí el resto de la mañana.”

Lo que el hombre pobre no había tenido en cuenta es que su comprador era un hombre muy poderoso y todos le conocían, así que muchas personas estaban atentas a su transacción. Al poco tiempo todo el pueblo sabía de la osadía del leñador y se recomendaban no comprarle la rama para no atraer la ira del hombre rico.  Así que cuando el leñador se acercaba a los aldeanos, todos le huían con cara de preocupación, rehusando hablarle. No tardó mucho en entender lo que ocurría y, como su hambre era mucha, decidió aceptar el injusto trato.  Entristecido empezó a regresar y desde lejos vio al hombre rico sentado en el café, sonriendo.  Al llegar junto a él, éste comentó: “Veo que aún tienes tu estaca, ¿no se te ha dado bien el día?”

Serio y dolido, el hombre pobre volvió a entregarle su rama diciendo: “Son dos monedas.”  El poderoso la cogió otra vez, volvió a rebuscar en su pesada bolsa y dijo: “Vaya, vaya, como he estado aquí tomando un té, he gastado una moneda y ya solo me queda una. Será que ése es su precio.”  Esta vez el hombre pobre a punto estuvo de estallar, pero no lo hizo.  Todas las opciones volvieron a pasar raudas por su cabeza y antes de darse cuenta, simplemente cogió su rama y diciendo: “No, gracias,”  se alejó de nuevo.

Volvió a buscar comprador por todo el pueblo, la ofreció como simple madera para quemar, aceptaba lo que fuera por ella, pero que se lo diera otro.  Sin embargo nadie le escuchó.  Humillado, regresó por tercera vez al café del principio y volvió a entregar su rama al hombre rico, diciendo: “Una moneda.”  El poderoso rió y con voz sonora y satisfecha, le espetó: “Pues, vaya, ¡cuánto lo siento!  Acabo de invitar a un amigo y ya solo me queda media moneda...  ¡Será que era éste su verdadero precio!”  Y tiró la media moneda a los pies del hombre pobre como si éste fuera un mendigo.

Al ver la moneda en el suelo por su mente pasaron todas las penalidades de su vida, todo el hambre y el frío, todas las dificultades sufridas.  Volvió a mirar su vara y le maravilló la belleza de la madera y el modo suave y alegre con que resplandecía al sol.  Y en ese momento, tomó una decisión y se dijo: “Hoy no comeré.”  Con calmada determinación, recogió por tercera vez su rama, diciendo: “Que tenga Ud. un buen día, señor,” y se marchó del pueblo.

Mientras caminaba sintiendo la suave madera en sus manos, recordó la voz que le había hablado esa mañana, y tomó otra decisión: “Construiré un templo con ella.” Nunca en su vida se había sentido así, con derecho a decidir qué hacer al siguiente momento.  Antes simplemente seguía lo que la necesidad dictaba, lo que otros decidían por él, lo que las circunstancias imponían.  Hoy, sin embargo, estaba eligiendo y, aunque sorprendido por su propia audacia, le resultaba sencillo y se sentía feliz. Se repitió: “Construiré un templo con ella.” Y nada más decirlo, pasado un recodo del camino, descubrió un lugar de gran belleza y supo que había de construirlo allí.  Clavó su vara en el centro del claro y empezó la tarea.

A pesar de que llevaba trabajando duramente desde el amanecer, a pesar de todo lo pasado con el hombre rico, a pesar de que tenía hambre y sed, trabajó y trabajó sin descanso durante el resto del día, disfrutando de la libertad de hacer algo por el placer de hacerlo, sin buscar conseguir ni recibir nada, sin pretender resolver ni lograr nada, atento sólo a estar en lo que le ocupaba.

Y al hacerlo sentía que toda la naturaleza le acompañaba y le facilitaba la tarea. Sentía una gran paz, y sabía que era porque estaba haciendo lo que correspondía.  Ya no necesitaba tomar decisiones, la vida le mostraba qué era lo correcto.  Sentía que el diseño del templo había sido puesto dentro de él, y cada vez que enfocaba su atención a una parte o un detalle concreto, sabía qué materiales iba a necesitar para hacerlo.  Sin saber cómo, según tenía claridad de lo que precisaba, ya fuera piedra, rama u hojas, le bastaba con andar unos pasos para hallar exactamente lo que había de emplear.  Él lo tomaba y se limitaba a colocarlo en el lugar que se le había mostrado.

Al bajar el sol se dio cuenta de que no había descansado en todo el día y que llevaba mucho tiempo sin comer.  No comer era algo que le había pasado muchas veces antes, pero en esta ocasión era diferente. Hoy no se sentía cansado ni hambriento.  Estaba feliz.  Era como si la construcción del templo le alimentara.  Así que no se preocupó por nada. Se tumbó bajo lo que ya llevaba construido, y dando gracias, se durmió con una paz que hacía mucho tiempo había conocido.

Templo

Se despertó más temprano que nunca a la mañana siguiente porque estaba lleno de gozo por continuar su tarea, y en ella se ocupó los siguientes días. Lo hizo con tanta diligencia que al cabo pocas semanas ya había terminado de construir un hermoso templo, justo a la vera del camino que salía del pueblo. Muchos le habían visto atarearse durante ese tiempo, pero nadie se le acercó. 

Al principio sólo se decían: “¿Qué más da lo que haga un pobre loco?” Según iba dibujándose la forma del templo, algunos empezaron a sentir curiosidad, pero recordando el episodio con el hombre poderoso, no se atrevían a acercarse.  Cuando por fin lo acabó, todos lo admiraron, pero después de todo ese tiempo, nadie sabía cómo dirigirse a él.

Mientras tanto el hombre pobre se sentía más fuerte que cuando comía, más vivo y feliz de lo que nunca había estado, más en paz de lo que jamás había imaginado poder sentirse.  Sabía que éste era su camino y lo seguía. Una vez terminada su obra, se dejó estar sabiendo que su labor era continuar presente con lo que ocurriera.  Se sentó reposadamente, imitando la actitud que había admirado muchas veces en las imágenes de santos y ermitaños, y siguió dejándose llenar por el silencio, igual que hacía mientras estaba construyendo el templo.

Hombre del templo

Pasaba así los momentos y los días. No planeó ni pretendió nada simplemente cuidaba del templo, se mantenía en silencio, oraba por todos los que pasaban por el camino. Poco a poco alguna persona se atrevió a acercarse. Él lo notaba y cuando alguien llegaba, abría los ojos para recibirles con una cálida sonrisa. Algunos de los que venían le hacían preguntas. El hombre del templo simplemente se dejaba llenar por lo preguntado y lo regalaba a la creación.  Luego seguía abierto sin esperar nada y al cabo de un tiempo sentía nacerle dentro una respuesta que él devolvía a la persona que preguntó. Ante lo que llegaba, algunas personas valoraban lo que les transmitía y seguían las indicaciones. Tiempo después regresaban para agradecerle la guía y el buen consejo con ofrendas o haciendo algún trabajo para él.  Otros rechazaban la respuesta pero con el tiempo veían que les habría ido mejor siguiéndola, y volvían a pedir orientación al hombre del templo. Y aún había otros que despreciaban lo que decía y no le hacían caso y luego se quejaban de que todo lo que les iba mal se debía a la mala fe de este hombre.

Él seguía en su silencio y no se ocupaba nada de esto. Si le traían ofrendas, las regalaba al siguiente que se acercara, porque nunca guardaba nada para sí. Si alguien le agradecía su ayuda, le sonreía.  Si alguien le insultaba, seguía sonriendo. Y regresaba a su paz.

Cuando llegaban enfermos, él les invitaba a reposar dentro del templo. A cada cual le dejaba permanecer cierto tiempo, les colocaba en un lugar concreto, en una posición determinada, dependiendo de la enfermedad que les aquejara., según le indicara la voz de su silencio.  Muchos de ellos se sentían recuperados al marchar.

A los que llegaban sintiéndose desesperados o perdidos o asustados, les dejaba dormir una noche en el templo, y les aconsejaba estar atentos a sus sueños. Cuando despertaban en la mañana, veían entrar el sol por multitud de espacios con distintas formas que el hombre había ido creando al construirlo. Al ver esas luces, el durmiente amanecía capaz de sonreír, reconocía el gozo que había perdido y recuperaba las ganas de vivir.

Luces

Con el paso del tiempo muchos se interesaron por lo que el hombre hacía en su templo y algunos se quedaban a vivir cerca de él tratando de imitar lo que hacía. Al hacerlo, algunos observaron que nunca se le veía comer.  Al principio ninguno se atrevía a mencionarlo, pero poco a poco uno empezó a hablar de ello y al poco tiempo todos lo comentaban.  Finalmente les pudo la curiosidad, se juntaron todos los que decían ser sus seguidores y, animándose unos a otros, se atrevieron a preguntarle. 

El hombre les contestó que era cierto, no había comido desde antes de empezar a construir el templo.  Al oírle todos se sintieron sobrecogidos.  ¿Cómo podía ser eso cierto?  Habían pasado años. Debería estar muerto.  Algunos, asombrados, le pidieron que les explicara cómo podía ser esto.  El hombre del templo les habló de ello:  “Como sabéis, yo era un hombre pobre que sabía desde muy niño lo que era pasar hambre. Todas las veces en las que no tenía para comer, yo me enfadaba y sufría, sentía lo que todos sabemos que se siente al no comer: debilidad, malestar, envidia de lo que otros tienen, rabia por no tenerlo, y en el fondo de todo ello, un miedo profundo a morir. Cuando eso se prolongaba en el tiempo, el sentimiento era de desánimo que cada vez se hacía más profundo hasta volverse una pereza y dejadez total que parecían estar pidiendo que llegara la muerte para acabar ya con todo.

Cuando empecé el templo llevaba varios días sin comer, pero dejé de hacer caso a todos esas distracciones y simplemente escuché la voz que hablaba dentro de mí.  Me puse a trabajar para Dios y, al hacerlo, no recordé el hambre, así que no busqué comida. Sólo continué atento a la Voz que me hablaba con claridad y dulzura, y desde ese día estoy haciendo lo que me indica a cada instante. Eso es lo único que me ocupa. No hay nada que necesite hacer.”  Sonrió con gran paz al terminar su narración, cerró los ojos y volvió, como siempre hacía, a quedar dentro de sí.

Los que decían ser sus discípulos se miraban unos a otros.  En algunas caras había admiración, en otras, incredulidad, en otras, envidia: “¡Cómo va Dios a elegir a alguien así para tan alto don!” En otras se veía puro terror: “¿Acaso se me pedirá eso a mí?”  Poco a poco, sin decir nada, cada uno se fue alejando hacia su lugar de meditación.  Y a lo largo de ese día muchos se marcharon para no volver.  Llegó la hora en la que todos solían comer y los pocos que quedaban no sabían qué hacer, así que decidieron acercarse al que llamaban su maestro para pedirle consejo de nuevo.

Respetuosos y asustados le dijeron: “Maestro, no queremos molestarte, pero es nuestra hora de comer y después de haberte escuchado, no sabemos qué hacer.”  El hombre sonrió:  “Yo no puedo dar la respuesta a esta pregunta.  Habladlo cada uno con la Voz que te susurra dentro.”  Así que se alejaron igual de desconcertados que antes.  Algunos se fueron y medio a escondidas, comieron algo sintiéndose traidores al maestro.  Otros se quedaron meditando, decididos a no comer, pero en realidad soñaban con platos deliciosos y no podían oír guía ni respuesta alguna.  Hubo algunos que marcharon disimuladamente.  Y uno se enfadó tanto consigo mismo que, dando fuertes voces, se alejó acusando al hombre de falso maestro. 

Los días pasaban.  Pasaron los años.  Las personas iban y venían y el hombre continuaba igual, viviendo el silencio, cuidando del templo, atendiendo a quien se lo pidiera, sanando a los que lo necesitaban, sonriendo a cualquiera que se acercara a él.  Y un día llegó al templo un imponente carruaje que paró con cuidado lo más cerca posible del hombre que meditaba.  Al poco rato bajó, con gran dificultad y mucha ayuda, un hombre muy anciano, al que se veía muy débil y enfermo. A pesar de ello, llegaba vestido con sus ropajes más suntuosos tratando de aparentar una fuerza que había dejado de tener.  Despacio, ayudado por su hijo y un sirviente, se fue acercando al hombre del templo. El anciano poderoso le veía meditando en paz con una sonrisa amable y serena y en su mente anticipó mil reacciones cuando le viera.

Llevaba años oyendo las historias de ese santurrón sanador que se había instalado a la vera del camino.  De hecho le había visto muchas veces cuando, por sus viajes, tenía que pasar por allí.  Siempre cruzaba el lugar velozmente, diciéndole a su cochero que levantara todo el polvo que pudiese, y seguía su camino sin prestar atención al lugar.  Se había jurado a sí mismo que nunca se acercaría a este templo y había amenazado a muchas personas del pueblo con graves represalias si lo hacían. Pero las mujeres siempre interferían y no le dejaban hacer nada, ¡esas beatorras, falsas y superficiales, llenas de superstición y estupidez!  Sin embargo, no le compensaba tenerlas todo el día protestando, así que había dejado de discutir por eso, y le dejó vivir.

Hasta el día en que su cuerpo se había negado a seguir trabajando para él. Todos llevaban mucho tiempo aconsejándole que se acercara a hablar con el hombre del templo porque muchos en su familia se habían beneficiado de su consejo en estos años. Pero el hombre rico siempre lo rechazaba.  Hasta hoy en que se levantó y sus ojos parecían estar cubiertos por un velo de oscuridad y supo que se acercaba la muerte.  Tuvo miedo por primera vez en su vida y en ese momento decidió no esperar. Con un hilo de voz ordenó que preparasen su carruaje y le vistieran con sus mejores ropas.

Ya estaban casi al lado del hombre del templo, que en ese momento abrió los ojos sonriendo.  El anciano enfermo estaba endureciéndose porque sabía que cuando le reconociera se helaría su sonrisa o, peor aún, se transformaría en una mueca de socarrón desprecio al observar su estado. Se equivocó.  Los ojos del hombre que meditaba se iluminaron aún más y le saludó con gran cariño:  “Hace tiempo que te espero.  Gracias por venir.”  El anciano se dejó caer en la silla que otro criado transportaba para él y le miró con curiosidad.  Con gran esfuerzo logró decir: “¿No sabes quién soy?” Con mirada serena y sonrisa aún más amplia le respondió: “Por supuesto que lo sé.  Eres mi benefactor.”  En la mente del avejentado hombre rico se reprodujeron todas las escenas del único encuentro que habían tenido.  Mil veces en estos años habían pasado ante sus ojos tal como ocurrieron y él siempre se había sentido orgulloso de cómo se comportó. Se repetía que había que enseñar a estos miserables quién es el que manda. Y bien que se lo había enseñado él.            

Y ahora al verle y escucharle, toda esa historia se desmontó en un momento. Nunca habría podido esperar esas palabras, jamás pudo imaginar este recibimiento: “¿Benefactor?  ¿En qué forma?  Yo te engañé, te humillé, te condené a pasar hambre.”  “Te equivocas,” le explicó el hombre del templo. “Tú me ayudaste a ver con claridad.  Gracias a ti me di cuenta de que soy libre de elegir, porque hay muchos caminos.  Y cuando elegí la paz, mi vida se hizo luz.” Mirándolo con gran dulzura y alegría, insistió:  “Tú me hiciste un gran regalo ese día y llevo todo este tiempo esperándote para agradecértelo. ¿Qué deseas hoy de mí?”

El anciano enfermo deseó irse.  Esto era peor que los insultos que había anticipado, peor que el peor de los desprecios.  Sin embargo su sufrimiento y los dolores de su cuerpo, especialmente el dolor que sentía ahora en su pecho, no le dejaron moverse. Pero aún así, no aceptó abrir la boca para pedir nada. Con una sonrisa, el antiguo leñador se levantó, se acercó al templo y cogió una hermosa vara que descansaba junto a la puerta: “Tómala. La he guardado todo este tiempo para ti”. Los ojos del anciano enfermo se llenaron de lágrimas por primera vez en muchos años. Sintió que regresaba al día en que todo había ocurrido y que tenía una nueva oportunidad. Igual que entonces, preguntó: “¿Cuánto vale?”  “Nada,” fue la respuesta. “Simplemente apóyate en ella cuando camines y tenla cerca para poderla tocar si te notas desfallecer.  Deja que haga su trabajo en ti, igual que ese día lo hizo en mí.”

Con un suave movimiento de cabeza, el hombre del templo se despidió de él, volvió a sentarse en silencio y cerró los ojos.  El hombre rico también bajó la cabeza.  Ninguno de los que le acompañaban sabía qué hacer; nadie había dicho nada en todo ese tiempo porque se sentían intrusos en un espacio que les pertenecía sólo a ellos dos. Al poco tiempo el anciano enfermo se levantó con dificultad apoyándose en la vara y, con gran esfuerzo, pero caminando él solo, regresó a su carruaje seguido de su pequeño séquito. 

Sanó. Y ya no era el mismo. Al cabo de un tiempo decidió dejar a su hijo todos sus cargos y bienes, se despidió de todos, y sin más compañía ni posesión que la túnica que vestía y la vara en la que se apoyaba, caminó despacio hasta el templo. Al acercarse al hombre que meditaba, éste abrió los ojos y el hombre que antes había sido rico preguntó: “¿Puedo quedarme?”  “Te estaba esperando,” fue la respuesta.

Pasó el tiempo. Seguían acudiendo personas al templo porque sabían que los ancianos podían ayudarles cuando algo se ponía difícil en sus vidas. 

Un día se acercó el hijo del hombre poderoso para contarles que había tomado la decisión de cambiar el trazado del camino. Quería alejarlo del templo para que vivieran más tranquilos, libres de las molestias causadas por el polvo de los carruajes y el paso de las gentes. Le había costado mucho elaborar un hermoso discurso para explicar sus planes porque temía que fuesen capaces de ver detrás de sus palabras y saber que todo lo hacía por miedo a que su padre se arrepintiera y decidiera recuperar su puesto. Además quería que el pueblo les olvidara porque ese modo de vida le amenazaba y no estaba dispuesto a permitirlo. Los ancianos le escucharon en silencio y al acabar le bendijeron con una sonrisa.       

TemploPoco a poco la vegetación fue ocultando el antiguo camino, pero a pesar de ello, seguían acudiendo muchas personas. A lo largo del tiempo, muchos se quedaban llamándose discípulos. Algunos vivían allí y luego marchaban para compartir con personas de otros lugares lo que habían aprendido. Otros se quedaban y ayudaban con las distintas tareas. Pero así hubiera muchas o pocas personas, el lugar nunca cambió.

Con el paso de los años, la gente del pueblo olvidó la forma de llegar al templo, aunque todos saben de su existencia. Y siempre hay algún forastero que, animado por las historias que se cuentan, trata de encontrarlo.  Muchos no consiguen dar con él por más que buscan y rastrean el bosque con toda atención y cuidado. Y esos sostienen que todo es una leyenda sin valor que solo hace daño a las mentes débiles de los supersticiosos. Sea como sea, muchas de las personas que pasean por allí a menudo dicen escuchar risas o cantos que no saben de dónde provienen.

Así como hay muchos que no encuentran lo que buscan, también hay personas que sí dan con el lugar. Son los que tienen verdadera necesidad de ayuda y quieren escuchar la voz de Dios. Cuando estos visitantes se acercan al templo, los ancianos les reciben con una sonrisa, resuelven sus dudas, sanan sus males, los rescatan de la desesperación. Cuando nadie se acerca, continúan cuidando del templo, meditando y orando en paz, porque ahora ya forman parte de la naturaleza y el silencio.

 Con el paso de los siglos, en el pueblo siguen hablando de los ancianos del templo a los que, con profundo cariño y respeto, llaman los inmortales.