Aquí y Ahora Escuela de Integración Psico-Corporal Emocional y Espiritual

Lur y Las Bayas Rojas

Lur mira abstraída por la ventana la incesante lluvia. Piensa, pide, ruega que cese para el domingo. Sus padres han decidido ir al pueblo ese fin de semana y ella espera ese día con impaciencia. Hace más de tres años que no van al pueblo desde que la abuela murió y aunque nadie habla de ello en casa, Lur sabe que su madre aún está muy triste por la muerte de la abuela y por eso no han vuelto allí.

Pasan los días lentamente bajo una espesa, densa y triste niebla que apenas deja respirar y una lluvia extraña que tan solo Lur parece preguntarse si aquellas nubes serán de verdad o máquinas creadas a capricho. Pero por fin llega el domingo y como si sus súplicas hubieran sido escuchadas, amanece un día radiante, fresco pero sin una nube en el cielo y sin mucha algarabía familiar suben al coche y se dirigen al campo.

Al llegar Lur ayuda a bajar cosas del coche, hace aquello que le dicen sin rechistar ya que tan solo quiere escapar al bosque cuanto antes y casi sin que nadie se de cuenta se va a caminar bajo los árboles. Se siente libre, feliz, respira profundamente, se llena de vida, ha debido de llover también por allí porque huele a tierra, a musgo, a hierba, a pinos y en cada pisada el bosque le da la bienvenida. Lur habla con los pájaros, con los árboles, con los helechos y con cada bichito que encuentra en su camino, ¡echaba tanto de menos estos ratos! Su corazón late con fuerza y es ahí cuando se da cuenta lo poco que lo escucha y al tiempo la fuerza con la que se mueve. Camina mirando, sintiendo...y de pronto ve algo que no reconoce a lo lejos. Se acerca y descubre un arbusto verde, frondoso, con unas hojas mayores que otros que ya conoce y unas flores cuyo color entre rosa fuerte y rojo la sorprenden, son como una especie de campanillas. Al acercarse más descubre que en su interior guardan unos frutos rojos parecidos a tomates pequeñitos que resultan muy apetecibles. Lur se queda un momento mirándolos y una voz en su interior le dice “¡Quieta Lur!, no sabes si son venenosos o no”. Esa voz suena tan fuerte que hasta duda que provenga de su interior, pero curiosamente escucha otra casi al mismo tiempo que la dice: “¡Jolín! Pero qué buena pinta tienen, qué bonitos son y tienen que ser de ser jugosos, dulces…mmmmm, ¡venga Lur si tú eres una valiente!” Lur se queda quieta, está asustada de la charla interna que descubre en su interior y decide sentarse cerca sin saber qué hacer. De pronto suenan las palabras de su abuela explicándole las hierbas y bayas que podía encontrar en el bosque y cómo aprender a reconocer cuáles son beneficiosas, cuáles venenosas y cómo puede encontrar muchas otras que es más prudente no coger. “¡Ay abuela! ¡Cuánto te echo de menos!” Lur cierra los ojos y parece que puede oler a jabón y a rosquilla, así olía su abuela. Y decide seguir caminando ya que la tentación de comer esas bayas rojas es muy fuerte, tanto que camina y camina. En su mente no hay otra cosa que las bayas rojas, ya no está tan pendiente de lo que hay fuera sino de su conversación interna. Y de pronto Lur tiene la sensación de que ha pasado mucho tiempo y de que está desorientada. Mira a su alrededor pero no reconoce el lugar, ni hay camino que seguir. Y comienza a sentir cómo su corazón se acelera, pero esta vez no de alegría sino de temor, comienza a notar como la respiración se entrecorta y aparecen pensamientos como un torbellino que giran, que la llevan de los animales a los golpes y a la bronca tremenda que la van a echar en casa. Los lobos, los osos, los búhos, arañas, serpientes y culebras que de repente aparecen como monstruos que pueden acechar y corre, no sabe hacia dónde pero corre, ni un solo grito ni voz es capaz de articular, el miedo se lo impide. Y cuando ya no puede más se derrumba y empieza a llorar. Había puesto tanta energía en ese día y ahora estaba allí, perdida en el bosque, sin saber qué hacer. Pasó un buen rato sentada, llorando y asustada tanto por su imaginación como por el temor de haber hecho algo mal. Y en un instante algo cambió, de pronto se sintió arropada, podía notar un manto que la envolvía, pudo empezar a respirar y calmarse y se acordó que su abuela cada día le recordaba que escuchara y rezara a su Ángel de la Guarda y que le insistía una y otra vez que siempre le acompañaba. Así cerró los ojos y sintiendo su arrope se quedó dormida. Despertó sin saber muy bien dónde estaba, sentía frío y sed. Cuando por fin se ubicó, se puso en pie y buscó un arroyo, con todo lo que había llovido pensó que no sería difícil. Así fue, enseguida encontró agua, bebió y trató de recordar por dónde había caminado y estuvo atenta a las señales del bosque. En un momento dado escuchó ruido de hojas y se asustó.

Se quedó quieta, alerta, decidida a encaramarse de un salto al árbol más cercano. Observó y de pronto apareció dando un salto un conejo, la miró y se metió detrás de unos matorrales. Lur le siguió tratando de no asustarle. Y así continuó durante un buen rato convencida de que el animal le estaba guiando. De pronto el conejo se paró delante de un arbusto y cogió algo. Lur se acercó con cuidado y vió sorprendida que estaba comiendo una de las bayas rojas del arbusto que había descubierto esa mañana. Sonrió y dio internamente las gracias, al conejo, a su Ángel, a su abuela, al bosque y recordó como si veía un animal que no fuera un pájaro comer de un arbusto era señal de que era comestible para los humanos, cogió unas pocas y las saboreó. Eran jugosas, entre dulces y un poco amargas. Y siguió el camino hasta la casa de la abuela con una gran lección, además de la bronca que siguió por las horas que había estado en el bosque.

Sonia Elda, 18 diciembre de 2014

Está aquí: Inicio - CUENTOS, CUADROS Y CANTOS - CUENTOS - Lur y Las Bayas Rojas