Aquí y Ahora Escuela de Integración Psico-Corporal Emocional y Espiritual

Vuelta al hogar.

La luz del sol caía sobre la nieve, tamizada por el blanquecino velo que formaban las nubes.

Una mujer lloraba porque quería volver a casa y ya no sabía cómo. Avanzaba despacio sobre la nieve, sin ver a dónde iba, sintiéndose desgraciada, sola, impotente. Iba tan ensimismada en su lamento que, sin darse cuenta ni siquiera de qué pisaban sus pies, fue abandonando el lugar en el que estaba. La nieve a su alrededor se fue convirtiendo en una arena tan blanca que parecía sal.

El cielo seguía cubierto, haciendo que ese paisaje tan blanco pareciese el sueño loco de una mente cansada. Cuando vio donde había llegado, la mujer se asustó aún más. ¿Qué era aquello? ¿Dónde estaba? ¿Acaso aquel lugar era su olvidada casa? No, no podía ser, aquel lugar ni siquiera parecía real, quizá estuviese dormida.

Más atenta, decidió seguir andando, pero el desierto se alargaba sin fin, extendiéndose hasta el horizonte. Así que decidió detenerse y cavar. Al menos abrir un agujero en el que resguardarse de aquella luz blanquecina que le hacía ya daño en los ojos. Cavó y cavó hasta que le sangraron las manos y no le respondieron los dedos. Pero la arena del desierto es caprichosa, y no es fácil dar forma a un refugio sin saber el método adecuado.

Exhausta hasta el límite de sus fuerzas, la mujer se tumbó, cerrando los ojos. Ya no pensaba en volver a casa, solo sentía su cansancio, el dolor de su cuerpo, la dificultad para respirar. Y en ese momento, tumbada sobre la arena, una ola de agua cayó sobre ella. Despertando como un recién nacido al respirar por primera vez, vio que estaba en una pequeña barca de remos, en una tempestad en medio del mar. Dejó de estar cansada, a pesar de su dolor, pues no tenía sentido estarlo si quería sobrevivir, y comenzó a achicar el agua que se había acumulado en el fondo del bote. El viento rugía con fuerza, golpeando la diminuta barquichuela, y la mujer respondió al viento con su propio rugido, salido de lo más hondo de su ser.

Se quedó tan vacía tras aquél grito, que se sentó, aceptando lo inútil de su tarea, extrañamente tranquila, pues se había liberado con ese grito de las tormentas que vivían en su interior.

Cerró los ojos. Y, por primera vez desde ya no sabía cuándo, comenzó a recordar. Su hogar. El silencio. El tacto de las piedras. La hierba haciéndole cosquillas en los pies. Y, sobre todo la luz del Sol. La tempestad ya no podía tocarla, porque ella estaba en casa.

Cuando abrió los ojos lloró. De dolor. De emoción. De felicidad. Lloró dando gracias por todo lo que no comprendía, por todos los golpes y desgracias que le habían conducido de vuelta a sí misma.

La tormenta acabó por arrojarla a una playa, y ella comprendió que el mundo exterior se formaba en su interior. Ahora estaba tranquila, no buscaba nada. La playa se mostraba para ella calmada y sencilla. Y quiso compartir su descubrimiento.

A partir de aquel día, se llamaría Hija del Sol, e intentaría llevar un trocito de luz allá donde fuese para todo aquél que estuviese preparado y dispuesto a escucharla.

 

Adriel

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