Aquí y Ahora Escuela de Integración Psico-Corporal Emocional y Espiritual

Llegué a la escuela-Juan José Rodríguez

Llegué a la Escuela en el año 2002 “empujado” por mi mujer, Adela. Ella había empezado su proceso terapéutico en esta Escuela en el año 2001. Adela insistía constantemente para que yo también iniciara terapia, pero yo daba largas y excusas de todo tipo.

Evidentemente la más “loca” y “desequilibrada” de la pareja era ella y no yo ¿Para qué iba yo a necesitar hacer terapia? ¡Que la haga ella! ¡A mí que me dejen en paz! ¡Yo no quiero líos!

Un año después, en el 2002, mi mujer me dijo que los problemas de la pareja son cosa de dos. No vale eso de que el culpable de todo el malestar del matrimonio es un miembro de la pareja y el otro es un santo. También me dijo que empezara a ir a terapia si quería salvar nuestro matrimonio.

Me lo dijo muy amablemente y con mucho tacto pero con la suficiente firmeza como para que quedara muy claro que había llegado el momento de elegir entre terapia o divorcio.

Elegí terapia.

En aquel año 2002 nuestras hijas, Paula y Adela, tenían 6 y 4 años respectivamente. Mi mujer y mis hijas eran lo más importante de mi vida. Por lo tanto no cabía duda que si quería mantener la unidad de mi familia me tocaba hacer terapia.

Por otro lado yo ya veía claramente que nuestro barco hacía aguas por todas partes. Cada vez nos “soportábamos” menos y la convivencia iba empeorando con el paso de los años. Sin embargo, visto desde fuera parecíamos una pareja de los más normal. Es más, parecíamos un matrimonio muy saludable. Pero yo sabía perfectamente que la relación de pareja había tomado un camino claramente destructivo y llegar a una situación insostenible solo era cuestión de tiempo.

Así que cuando Adela me propuso elegir entre terapia o separación, yo elegí sin un resquicio de duda. No tenía ningún interés en hacer terapia. Es más, tenía bastantes prejuicios sobre los psicólogos y los terapeutas y no me gustaban ni un poquito. Pero sí que tenía un fuerte deseo de salvar nuestra relación y estaba dispuesto a hacer lo que estuviera en mi mano para conseguirlo. Así que en esos momentos la propuesta de Adela me pareció como un salvavidas tendido a un náufrago que está a punto de ahogarse. Y como un náufrago desesperado me abracé a ese salvavidas y me dejé transportar por las olas a donde el viento y la mar tuvieran a bien llevarme.

¿Qué me encontré en la Escuela? Me encontré con varios hechos concretos e irrefutables:

HECHO Nº 1: 12 años después, sigo casado con Adela

HECHO Nº 2: 12 años después nuestras hijas, Paula y Adela, 18 y 16 años respectivamente, son dos mujeres sanas, equilibradas y responsables. Jóvenes que cumplen con sus tareas en los estudios, en la familia y en la vida. Ellas también han iniciado su propio personal e individual proceso terapéutico que les está ayudando mucho a crecer y madurar ¡Qué más se puede pedir!

HECHO Nº 3: 12 años después mi mujer Adela es más feliz, más sana y más equilibrada y sigue casada conmigo.

HECHO Nº 4: 12 años después yo soy una persona más sana, más equilibrada, con menos estrés y mucho más seria y responsable. Me considero mejor profesor (trabajo como profesor de IES), mejor marido y pareja, mejor padre, mejor hijo de mis propios padres y mejor persona.

OTROS HECHOS concretos: en el año 2002 tenía mucha alergia, sinusitis crónica y problemas crónicos con la garganta: faringitis, afonía, etc. (algo muy frecuente entre los profesores). También tenía mucho estrés y ansiedad hasta tal punto que en años anteriores los médicos me habían recetado calmantes que yo, sistemáticamente rechazaba por temor a los efectos secundarios.

Todo esto no suponía nada grave pues yo podía hacer una vida intensa y perfectamente normal y desde luego desde fuera no se notaba nada. Sin embargo yo sí que lo notaba y gastaba mucha energía tratando de “luchar” contra todos estos “pequeños achaques” que casi todo el mundo tiene. 12 años después no tomo ningún medicamento (salvo alguno homeopático) y tengo menos ansiedad, menos problemas de garganta y menos alergias. Estoy más tranquilo y más relajado.

¿Qué hago ahora en la Escuela? Compartir los pequeños y grandes problemas de la vida con un grupo de personas que son como yo, ni mejores ni peores. Ni más listos ni más torpes. Son compañeros de camino como yo. Compañeros con los que comparto mis problemas y dificultades de cada día y que me ayudan a seguir avanzando. Sin grandes ostentaciones de sabiduría, sin consejos sublimes y altamente cualificados, sin directrices muy elevadas y muy cultas. Simplemente saber que estamos acompañados.

¿Qué hago ahora en la Escuela?

Caminar acompañado. Tropezar y caer. Caer y levantar. Y volver a tropezar y caer otra vez. Equivocarme y aprender de los errores. Y todo eso acompañado.

Avanzar y retroceder. Levantar y caer. Una y otra vez.

Apoyarnos y ayudarnos. Así de sencillo. Así de fácil. Tan sencillo y tan fácil que resulta increíble que en los tiempos que corren, con tanta tecnificación, tanta cualificación, tanto conocimiento, tanto libro y tanto intelecto, todavía haya un espacio para el contacto real entre seres humanos. Un espacio sin máquinas, un espacio con personas.

¡Pero todo esto parece la panacea! ¡Una especie de paraíso de la Nueva Era donde el ser humano por fin se acerca a la iluminación!

Pues si por panacea se entiende atención y trabajo constante. Trabajo, voluntad, tenacidad, disciplina y otra vez trabajo. Sí, esto es la panacea.

Y dolor y aprendizaje muchas veces doloroso. Y también felicidad y satisfacción. Y otra vez dolor y error y otra vez aprendizaje doloroso. Y otra vez satisfacción y felicidad. Y sobre todo trabajo y disciplina. Constante y diario. Todos los días, cada hora de cada día, cada minuto de cada hora y cada segundo de cada minuto. De día y de noche. Todos los días y todas las noches.

Este trabajo constante que nos acerca al autoconocimiento y a la verdad es lo más parecido al paraíso que he podido encontrar después de muchos años de búsqueda.

En la Escuela estamos aprendiendo a vivir y a convivir.

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