Aquí y Ahora Escuela de Integración Psico-Corporal Emocional y Espiritual

llegué a la escuela -por Rosario Porras

Llegué a la Escuela decidida a convertirme en terapeuta gestalt, me importaba mucho el título porque coleccionaba diplomas.

Era profesora en una universidad, doctora, aunque profundamente ignorante. Acababa de obtener un título para dar clases de yoga, a pesar de que mi corte energético en el diafragma era tan fuerte, que no podía mantener una respiración abdominal espontánea.

Tenía 33 años, era atractiva y muy seductora.

 Estaba encantada conmigo y me parecía que el hecho de ir a formarme como terapeuta me convertía en una persona sana que no necesitaba mejorar, sino aprender a manejar unas técnicas.

 Era experta, sin saberlo, en el arte del autoengaño: pasaba por alto mi ansiedad, mi profunda insatisfacción con mi vida supuestamente exitosa, mi adicción a la marihuana, mi tensión permanente. Sin embargo, me esforzaba en aparentar estar sana, es decir, boicoteaba la terapia.

Llegué a la escuela con mi pareja, de la que quería separarme, y a quien culpaba de todo lo negativo o desagradable que me pasara.

Aunque por otro lado, me interesaba mucho estar con él porque ganaba mucho dinero, era cosmopolita, se dedicaba a la moda y me aportaba un toque glamuroso.

Mi vida, dentro de mi carcasa, estaba vacía.

Cuando me encontré con Itziar me relajé en un lugar muy profundo de mí, sentí el bienestar que se siente ante una persona libre y verdadera. Sentí que ella me veía más allá de mi máscara. Al mismo tiempo, noté con toda nitidez mis tensiones, mi coraza, mi falsedad.

Itziar tiene esa cualidad de ser espejo que refleja la verdad, sin más. Y esa incomodidad mía con mi propia existencia la coloqué en ella. He visto a muchas personas hacer eso mismo, compañeros, familiares, maestros… que, no pudiendo soportar la visión de sí mismos, ponen sus fantasmas en ella.

Entonces, yo no veía tres en un burro, estaba ciega, me ponía ciega de carne, de sexualidad, de humo. Estaba ciega hacia dentro y hacia fuera, no sabía leer los hechos de mi propia vida, las señales a mi alrededor. Ahora veo la luz, intuyo la silueta de un burro y me siento tan agradecida, como quien yendo entre tinieblas siente el milagro de ver.

Lo que buscaba en las drogas hace trece años era la conciencia. Y, aunque estaba loca, intuía adónde iba, quería saber la verdad y ser libre, pero andaba desencaminada. Itziar me mostró que la esencia de esas substancias es sagrada, y que la verdadera substancia es la Verdad.

Mi vientre estaba plano, me impedía respirar profundo y sentir las tripas, embarazarme y parir, vivir. Y mi corazón estaba cerrado, en general y hacia el hombre que era mi compañero. Poco a poco, en talleres de sexualidad y formación, en terapia, fui reconciliándome conmigo y descubriendo a mi compañero, con quien ahora comparto una familia. Itziar me asistió en mis partos, me acompaña en la crianza, recoge a mis hijas y las pone a salvo de mi locura que aún existe.

"Suspendí" los tres primeros cursos de formación. Es una forma de hablar, digamos que cateé con un muy deficiente en Entrega. Así que decidí repetir y empecé de nuevo. Cuando me dieron el título de terapeuta, ya no me importaba, sabía que me quedaban asignaturas pendientes.

Han hecho falta años, paciencia, perseverancia y maestría para ayudarme a sentir la respiración, a meditar en los órganos y conectarlos con la emoción, practicando chi kung y yoga, conciencia corporal, bioenergética, psicoterapia, danza…, hasta poder sentir y ver la energía en mí y a mi alrededor.

Un aspecto que me maravilla del trabajo de esta escuela es el estudio de las tradiciones espirituales de la Tierra, entendidas como una manifestación de la Energía, Dios, Tao, Allah, Brahman, Gran Espíritu, dando un mismo mensaje con distintas formas. Estudiamos los distintos credos de la Tierra, viendo lo que tiene en común y lo que es saludable, para llevarlo a la práctica.

¿Cómo llevar a la práctica lo sagrado? Itziar y José Carlos han comprometido su vida en esta búsqueda de la esencia. Chamanes, maestros taoístas, iniciados en budismo y sufismo, buenos conocedores del cristianismo…

Para poder hacer un trabajo así se requieren  pureza,  perseverancia e integridad. Son las cualidades que observo en Itziar T.: impecable en el respeto a las fuentes, en el rigor al observar la práctica, con compromiso y tesón para repetir durante veinte y treinta años ejercicios, meditación, lecturas, danzas… profundizando cada vez más.

Pareciera que rindo culto a la personalidad, que fuera alguna clase de adepta o enamorada. Y sí, soy adepta y enamorada de este trabajo, que ahora es también el mío. De dar clases en la Universidad sobre temas absurdos incluídos en el plan de estudios estoy ahora dispuesta a orientar a las personas en sus problemas reales, en su propia travesía, mientras sigo disfrutando de la mía.  Y estoy muy agradecida a Itziar Torrecilla, guía, maestra y terapeuta.

Rosario Porras

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