Aquí y Ahora Escuela de Integración Psico-Corporal Emocional y Espiritual

¿Para qué vine a esta escuela? Nadinne Foret

Tenía 11 años, los atentados del 11-M me mostraron la muerte de cerca y tenía miedo. No dormía durante muchas noches por las imágenes en mi mente de lo ocurrido.

Mis padres y mi hermanastro iban a la escuela, y volvían a casa contentos y hablando muy bien de su terapeuta, Itziar. Yo quería conocerla, y contarle mi miedo, no sabía por qué, pero tenía muchas ganas de estar con ella.

Mis padres decían que yo “estaba bien”, y pasó un tiempo hasta que decidieron que quizá pudiera ayudarme hablar con ella, y así quizá estuviese mejor. Siempre les agradeceré que me trajesen a esta escuela,  que me presentasen a Itziar, una mujer con la que me sentí acogida y comprendida desde el primer momento; su evidente honestidad conmigo me sorprendió: ella era un ser muy diferente a cualquier otro que hubiera conocido.

Sus abrazos me reconfortaban, sus palabras me hacían comprender que vivía en un cuento inventado por mí, en que mi desaparecido padre era mi príncipe, mi papá guapo y perfecto. Mi padre abandonó a mi madre cuando yo tenía un año, y desde entonces mi madre luchaba porque mi padre me mostrase cariño, y viniera a verme de vez en cuando, me llamase para ocasiones especiales… Pero mi padre era experto en darme plantones, llegaba horas y horas tarde cuando nos veíamos cada muchos meses, y con los años sus llamadas se hicieron menos frecuentes. Ahora le veo unas 15 horas al año, y hablamos unos 60 minutos al año. Mi padre no estaba más disponible para mí, y eso era la verdad, pero saberlo me hace verle sin idealizaciones: es como un loco más, como yo he sido y soy a veces, y saber la verdad me hace respetarle y quererle más que antes. Estaba tan perdida sobre mi idea de quién era mi padre como con las matemáticas. Por más que mi padrastro, Julio siempre me intentó enseñar, yo sacaba como mucho 0,8 en los exámenes en esa época, y es una cifra exacta. Mi padrastro siempre estuvo ahí para lo bueno y para lo malo, y me quiere como sabe y se lo agradezco muchísimo. Además llegué a terapia literalmente bizca, con un ojo metido para dentro, un ojo me decía “mi vida es perfecta” y el otro “tú estás loca”.

Vine a la escuela en busca de amor, sin saberlo, de comprensión, me sentía tranquila y atendida. Necesitaba contarle mis obsesiones, mis secretos, miedos, confusión… sentía desamparo en la vida. Encontré amparo, no sabía qué buscaba, pero lo necesitaba, fui un alma perdida, una cáscara hueca (bonita por fuera y vacía por dentro) y la vida, con el concurso de mis padres, me trajo hasta aquí.

Cuando comprendí la verdad respecto a mi padre, a la par que hacía ejercicios de ojos que me recomendó Itziar…. Pude llegar a sacar un 10 en matemáticas, ni mi profesora ni yo nos lo creíamos, pero continué así, en la carrera; aunque me costó, aprobé estadística y psicometría (núuuumeros), y dejé de mi mirar con un ojo para Cuenca y otro para Murcia.

¿QUÉ ME ENCONTRÉ EN LA ESCUELA?

Muchas palabras que nadie me supo contar, encontré unos ojos que me miraban sin esquivarme, sin juicio, unos ojos que me escuchaban.

Encontré en Itziar una sinceridad en parte abrumadora (por la costumbre de vivir en una sociedad hipócrita) y llena de vida, a veces me parece una anciana maestra india, y en otros momentos una niña divertida.

Encontré el espacio para llorar y dejarme ser tal cual soy, sin-cera, me amaban sin condiciones, sin necesidad de mostrar “lo dulce, tierna y bonita” que me creí que era. No era necesario el teatro para gustar a los demás. Itziar, y José Carlos y, cuando a veces eran honestos, también mis compañeros de escuela, me ayudaron a ver partes de mí que me estaban dañando, acciones que quise olvidar literalmente de mi pasado, y me estaban volviendo loca, no sabía qué era verdad y mentira. No sabía quién era, pues solo interpretaba ser lo que la sociedad y mi familia esperaban de mí, mi vida era un teatro, yo la marioneta que yo misma hacía bailar.

Llegaba mi adolescencia, ¡época de hormoooonaaas! Y pude tener una guía en los momentos de gran locura mental y física. ¿Qué quería hacer con mi vida?

Encontré alegría, amistad, dolor liberador, encontré el monstruo que yo creé y alimenté dentro de mí, no me gustó y sigue sin gustarme pero sólo cuando Itziar me puso un espejo ante mi alma pude conocer mi sombra (al menos lo que me atreví), todo mi odio y mi rabia hacia mí y hacia los demás, mi lujuria, mi miedo a morir, mi hipocresía, envidia, mis vicios… todo tapado con buenas formas. Encontré el lugar donde me enseñan a amar a mi pareja, Francisco, con el que llevo ya casi 9 años, y cuando él entró en la escuela, a amarnos los dos, un lugar donde poder hablar de sexualidad sin tapujos y con respeto, donde hablar de la muerte, algo que en esta sociedad se evita constantemente…. En la escuela pasé momentos que no fueron fáciles, mi orgullo y mi ego han sido dañados muchas muchas veces, pero tener el lugar donde no tener que interpretar nada, donde me aman sin tener que poner cara de ángel, es lo mejor que me ha pasado en la vida. ¡Encontré el coraje para cambiar y encontré la vida!

¿QUÉ HAGO AQUÍ AHORA?

En este momento estoy aquí porque es el lugar donde me siento más despierta, llena de vida, de alegría, donde puedo ser yo misma.

Disfruto en compañía de mis amigos, y aprendo a vivir en pareja, que es algo difícil de llevar cuando no sé cómo solucionar los frecuentes conflictos de la convivencia. Habiendo tantas parejas, familias en mi grupo, podemos aprender unos de otros, hablando de verdad, mostrándonos sin secretos y con respeto, personas con las que hablar de mi alma, y no del tiempo y el fútbol, es muy liberador.

Me siento en un espacio real, una isla protegida, dentro de una sociedad de mentiras, hipocresía, máquinas petróleo, amor artificial, niños adictos a las nuevas tecnologías, chiquillas que piden por navidad unos pechos de silicona, una locura hipnótica y aplastante, un mundo fumigado por aviones, un mundo de estrés y lujuria donde nos entretenemos con millones de cosas para no darnos cuenta de la responsabilidad de asumir que nos vamos a morir, y ver que nuestras decisiones y errores son sólo nuestros, y que si queremos sentirnos culpables es nuestra opción, podemos decidir hacer otra cosa.

Estoy aquí porque me quieren y les quiero como sé hacerlo, porque jamás en otro lugar había sentido, literalmente, la vida correr por mis venas.

Nadinne.

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